Andreas Schleicher es el Director de Educación y Competencias de la OCDE y uno de los especialistas en política educativa más influyentes del mundo. Es también el responsable del programa PISA, la evaluación internacional de resultados de aprendizaje que se aplica en más de 80 países. Desde ese lugar, Schleicher ha publicado numerosos informes en los que analiza en profundidad las limitaciones del modelo educativo que predomina en las escuelas del mundo.
Su diagnóstico es claro: el sistema escolar vigente se basa en un paradigma industrial del siglo XIX que fue diseñado para producir trabajadores uniformes para una economía de fábrica. Ese modelo priorizaba la estandarización, la conformidad y la obediencia por encima de la creatividad, la diversidad y la autonomía. Y aunque el mundo cambió radicalmente, la estructura de la escuela se mantuvo en gran medida igual.
Schleicher sostiene que los desafíos del siglo XXI exigen un perfil de persona completamente diferente: alguien capaz de adaptarse a contextos cambiantes, de colaborar con otros, de tomar decisiones en situaciones de incertidumbre y de seguir aprendiendo a lo largo de toda la vida. Nada de eso se desarrolla bien en un aula donde el alumno escucha, memoriza y repite.
Para responder a estos desafíos, Schleicher propone una nueva visión de la educación organizada en torno a lo que denomina una "brújula del aprendizaje": un conjunto de orientaciones que fijan como objetivo el bienestar individual y colectivo, y que ponen al estudiante en el centro del proceso. Esta brújula hace hincapié en la necesidad de que los estudiantes aprendan a navegar por sí mismos en contextos desconocidos, utilizando sus conocimientos, habilidades, actitudes y valores como puntos de referencia.
La propuesta implica transformaciones concretas en el diseño curricular, la pedagogía, la evaluación y los entornos de aprendizaje. Schleicher aboga por un enfoque más centrado en el estudiante que promueva la autonomía, la personalización y la cocreación del aprendizaje. También defiende un sistema de evaluación más amplio que no se limite a medir resultados cognitivos, sino que incorpore competencias socioemocionales y valores. Y sugiere que los entornos de aprendizaje sean más flexibles, inclusivos y conectados con situaciones reales.